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Viernes, 24 Febrero 2017
Publicado en Blog
Escrito por Badi Zárate
Por:
Badi Zárate (Representante Juvenil de ONU Habitat- América Latina)
& Sofía Bertello.
Foto: Badi Zárate

Es una belleza como han aumentado los espacios de esparcimiento y los beneficios en Guadalajara. Cada vez tenemos mayor oportunidad de salir tomados de la mano con quien sea, transitar con libertad por nuestras banquetas (ahora libres), hacer uso de la bicicleta como principal medio de transporte y encontrar cualquier comida que nuestro antojo dicte. Esta y mil cosas que construyen parte de la belleza de nuestra ciudad, la segunda mayor en México (4,434,378 habitantes), se aparecen en mi mente dispersa en una cafetería del centro histórico, cuando una silueta se acerca de la oscuridad y se dirige a la pareja que derrocha amor sobre la mesa cercana a la salida, extiende su mano frente ellos y aparece un pequeño grillo a la venta; un pequeño bicho construido de hoja de palma, algo diminuto pero bastante peculiar y significativo para unos cuantos.

La mayor probabilidad apunta a que no pensaremos dos veces antes de negar con la cabeza y agradecerle por algo a lo que no dedicamos ni un segundo de atención, razón por la que nos perdemos de la historia del pequeño grillo de 15 pesos. El artista de este bicho se llama Evans, ha viajado con su familia desde Honduras, y llegaron a nuestra ciudad hace un par de días. Su destino es bien conocido, y todos tenemos algún a pariente que ha compartido el deseo de aventurarse a este mismo destino: Estados Unidos de América; el hogar del ilusorio “Gran Sueño Americano”.

Este viaje de Evans y su familia, es sin duda distinto al que me tomé el verano pasado, cuando estirando un poco la plata logré llegar a una bella playa y tirarme al sol. El viaje de Evans es un viaje forzado por una vida de persecución, pobreza y conflicto que vive su país, que como muchas otras tierras tiene la corona de la desigualdad y la falta de un estado de derecho. Dicen por ahí que el mayor dolor de una madre es perder a un hijo, pero cómo será el dolor de dejarlo por decisión propia, sin saber cuándo se volverán encontrar para darse ese abrazo que anima. Una de esas madres es María Luisa, esposa de Evans, que dejó a su hijo de 2 años al cuidado de su suegra ya que este viaje es imposible para alguien de su edad. El recuerdo del momento en que la suegra de María Luisa soltó su mano y al oído sollozó “No mires atrás o jamás podrás irte” resuena en la mente de María una y otra vez durante el viaje y se mezcla de una manera melancólica con la memoria del olor a bebé impregnado en su mente, una mezcla que mantiene encendida la esperanza del reencuentro.

Evans y María Luisa, están formados en la fila de los 214 millones de migrantes en el mundo y contaron su vida a las calles tapatías, al igual que los otros 10,000 migrantes que pasarán este año por nuestra ciudad. Relatarán su historia a quien se cruce en su camino, ya sea para ofrecer al pequeño grillo o para pedir un apoyo “que no afecte la economía de su bolsillo, hermano”, y si transitas por el Centro Histórico, avenida Washington, Chapultepec o la Colonia Americana seguramente tendrás la oportunidad de encontrarte con ellos, ya que no se alejarán demasiado de las vías del tren que los transporta.

Me tomaría otro par de páginas hablar de la tortura que representa cruzar la frontera y evadir las inhumanas prácticas de la policía fronteriza y el crimen organizado que toman lugar en la entrada de esta “patria con sienes de olivo, de la paz y el arcángel divino” como airosamente clama nuestro himno nacional, por lo que tomaré el supuesto de que fueron triunfantes al entrar a México y que se encontraron ante 3 opciones, ninguna muy alentadora. Evans pudo haber tomado la ruta del Golfo y cruzar estados con altos índices de desaparición como Veracruz y Tamaulipas; o tal vez decidir la opción del centro del país, donde es alta la probabilidad de que sean amenazados, secuestrados, lesionados, extorsionados y abusados sexualmente. Evans tomó la ruta del Pacífico, que los lleva sobre un tren de carga sobre el cual miles han perdido la vida o han sido aprisionados por el crimen organizado.

En ese momento en que nos negamos a escuchar la historia de Evans en aquél café e incluso denotamos incomodidad en nuestro rostro, tal vez pusimos las manos sobre el celular o guardamos la cartera que teníamos sobre la mesa; ya que con seguridad vemos en Evans, aún en grado pequeño, a un criminal. Para comprender la criminalización de las personas que cruzan el territorio mexicano en situación migratoria irregular es apremiante saber que el Instituto Nacional de Migración (INM), está integrado en el Sistema de Seguridad Nacional, haciendo claro que para el Estado Mexicano, los inmigrantes son “una amenaza para la seguridad nacional” (Vilches, 2009). En estas condiciones, como menciona FM4 Paso Libre, la mayor Organización de apoyo a migrantes en Guadalajara, la oportunidad de internarse al país sin mayor perjuicio se topa con el estigma sobre la persona migrante, privándolo sistemáticamente del reconocimiento de los derechos humanos reconocidos en la constitución y afectando su dignidad humana, como forma de castigo por su situación de irregularidad. Lo que estamos constatando en diferentes regiones del mundo es que la persona migrante con un estatus de irregularidad termina recibiendo, por su situación administrativa, un escarmiento político y social que tiene que ver con la negación de derechos. Bajo estas premisas, el estado coloca a la migración “junto al narcotráfico, el tráfico de armas, el tráfico de personas y la conformación de bandas” (Vilches, 2009), o bandas delincuenciales, e instala la “convicción de que la única manera de detener a la inmigración indocumentada será con el uso de la fuerza pública, o bien mediante la imposición de sanciones cada vez más severas” (Vilches, 2009). En este escenario se vuelve imperante la definición de nuevos mecanismos de coordinación entre los esfuerzos ciudadanos por dignificar el paso de las comunidades migrantes por la ciudad y el servicio público, que históricamente ha limitado sus estrategias, a buenas intenciones y asistencialismo. Esfuerzos como el primer edil de Guadalajara por invertir en la mejora del hogar de FM4 para personas en situaciones de calle, tendrá que ser seguido por una política transversal de equidad que se refleje en la inclusión de las minorías en la población beneficiada de los proyectos públicos, incluyendo a la comunidad migrante.

Nuestra urbe ha cargado con prejuicios desde su fundación misma, nos ha separado una Calzada de 6 carriles, hemos privilegiado al Poniente y olvidado e incluso negado al oriente de la ciudad, que al igual que el resto de prejuicios, son ideas preconcebidas que suponen una diferencia entre ellos y nosotros. El prejuicio se trata de un fenómeno social y político que provoca una relación asimétrica entre personas, de una conducta sistemática, culturalmente fundada y socialmente extendida de distinción, exclusión, restricción o preferencia, sobre la base de un prejuicio negativo que afecta directa o indirectamente derechos y libertades de las personas (Zepeda, 2006).

México es destino, camino y refugio, y grande es la batalla en que se han embarcado las organizaciones, albergues y comedores que buscan ofrecer ayuda a estos prófugos de la injusticia y la desigualdad. Ejemplo claro son las “Casas del Migrante”, de las cuales 23 están localizadas en nuestro país conformando una importante red que tiene mayor presencia en este límite que se extiende por los 3180 kilómetros de la frontera sur, contrarrestando los fragmentarios efectos de un límite territorial con una visión de abrazo de bienvenida que se despliega en las ciudades de México y donde se hereda de una generación migrante a otra, el arte de elaborar figuras de palma como un modo de subsistencia. En Guadalajara contamos con el ejemplo del Centro de Atención al Migrante de FM4 Paso Libre, que si bien es un logro loable, sufrió un escarpado camino en su consolidación enfrentándose a grandes y enraizadas barreras de pensamiento, como el de una ama de casa de Colonia Los Arcos Vallarta que al enterarse de la construcción de albergues para migrantes no perdió la oportunidad de apuntar que “siempre están pidiendo dinero… no queremos que estén cerca. Si de por sí hay muchos, ahora con un albergue se nos van a venir todos los de las vías. No los queremos aquí.”

En momentos en que el prejuicio se ha adueñado del sistema que fue gestado para la protección de los derechos de todos y ahora se esfuerza por amedrentar el frágil tejido de diversidad que habíamos logrado construir en nuestra ciudad, se vuelve necesario retomar fuerzas y en apretadas filas seguir avanzando hacia nuestra utopía urbana. Posiblemente existió un momento en la vida humana organizada donde el buen actuar individual era un logro importante y bastaba para mantener el orden público, mas es claro que no podemos mantenernos ahí. Siendo necesario dar un paso hacia adelante, y no sólo ser el individuo que vive en armonía dentro de su espacio inmediato, pero se vuelve imperante ser la comunidad de individuos que juntos sirven a su conciudadano, sin importar si éste creció viendo las catedral de nuestra ciudad y disfrutando de los helados de Alcalde Barranquitas, o si lo hizo en algún barrio de Caracas o departamento de San Salvador.

La discriminación, la violencia y la desesperación están derrumbando los cimientos de nuestras ciudades, nos están dejando sin el espíritu de verdadera ciudadanía que alguna vez logramos tener. Durante el último año nos ha atemorizado, aunque lo hayamos convertido en razón de humor, la posibilidad de que un muro (que siempre ha existido pero ahora se materializa) sea construido en nuestra frontera norte. En tiempos de hostilidad y odio, la compasión por nuestros congéneres se vuelve un acto de oposición y resistencia. No construyamos un muro a nuestro alrededor, que nos enajene del dolor del otro, del dolor de quien no tiene opción. Ya logramos organizarnos y dejar de consumir productos relacionados con la familia que se adueñó a la Oficina Oval de la Casa Blanca; es tiempo de organizarnos y con la frente en alto dejar de consumir pensamientos e ideales que corrompen el espíritu de unidad y libertad que alguna vez nos hizo una nación independiente. Reconozcamos los puntos de ayuda, comprendamos el problema de raíz y busquemos soluciones innovadoras y creativas a un reto cuyas externalidades nos influencian a todos.

Ya escribía esto un profeta de medio oriente a mitad del siglo XVII que “...la tierra es un sólo país y la humanidad sus ciudadanos”. Sobre esto queda mi anhelo de que esa mano que se extiende frente a ti con un grillo de palma, la mano que soltó la de su familia y prometió no mirar hacia atrás, encuentre como respuesta en cada uno de nosotros, una mano que carga empatía y deseo de darle la bienvenida a un ciudadano más de esta gran metrópoli.
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